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Sobre la historia

Crónica de dos regresos

Nueve cirugías y un año y medio después de que Lupita Hernández dejó su pueblo en Nayarit acompañada de su hija, América, madre e hija regresan para las fiestas decembrinas. Lucia Navarro, quien ha seguido la travesía de ambas por más de un año a través de nueve cirugías, las sigue durante el trayecto.

Al seguir la historia, Lucía Navarro comparte aquí su experiencia no sólo en T52 sino también en un nivel más personal, escribiendo este blog a nuestros lectores de TelemundoLA.com.

Imágenes: América pasa por cirugías
Imágenes: Dos Regresos


Crónica de dos regresos

Era la 1:30 am del Jueves 18 de Noviembre y no me podia dormir. Esperaba con ansia el momento de viajar a Ruíz, Mexico, pueblito donde nació mi pequeña amiga América. La concí hace un año y medio, cuando llegó a Los Angeles en busca de ayuda médica para combatir un agresivo Hemangioma.

Un Hemangioma es un tumor vascular benigno. Puede salir en casi cualquier parte del cuerpo pero son comunes en la cara, particularmente en la naríz. Los Hemangiomas ocurren con más frecuencia en las niñas. No son transmitidos por genética lo que quiere decir que puede pasarle a cualquier bebe.

Logré vencer al insomnio a las 3:00 am, pero no por mucho tiempo porque a las 4:30 am ya estaba de pie. Me dí un baño para despertar, me vestí, paré a comprar café y dos muffins y llegué a Telemundo como a las 5:15 am. Hugo, mi compañero camarógrafo llegó mas o menos a la misma hora.

A las 6:00 am estabamos en camino a Tijuana, Mexico. Para ser Viernes en la mañana, el trayecto no fue difícil. Para las 9:00 de la mañana estabamos “del otro lado” . Llegamos tan temprano que, hasta fuimos al supermercado y a una farmacia para hacer algunas compras. Luego de un rico almuerzo, cerca del mediodía nos encontramos con Lupita y América a quienes una amable pareja se ofreció a llevar a Tijuana.

Primer Regreso

Fue en el aeropuerto de Tijuana, donde comenzaron las aventuras que, me dieron más risa que desesperación.

Después de hacer una fila de como cien personas, llegamos a documentarnos. No pudimos entregar las maletas porque había que pagar por el exceso de equipaje. En este trámite me tope con la segunda fila. Cuando llegué al mostrador, el dependiente me hizo todo el trámite, excepto el cobro pues ese había que hacerlo en el area de venta de boletos.

Sin entender el porque de la complicación, fuí en busca del estand designado en donde me encontré con la tercera fila.

Para colmo de mi suerte, me tocó la dependienta más lenta y, de pilón, no respetaban a quienes haciamos fila. De cuando en cuando atendían a algunos “colados”. Pero debo admitir que corrí con suerte pues llegué al mostrador una hora antes de la partida del avión. Después del pago regresé a la supuesta caja donde debí pagar por el exceso de equipaje. Me dieron los comprobantes de las maletas que documenté y caminamos hacia la Sala B.

America se portaba maravillosamente. Estaba de un humor excelente y feliz de arrastrar su maleta por el aeropuerto. Durante el vuelo se portó muy bien y hasta anduvo de coqueta con la cámara que llevaba Hugo.



Llegamos a Tepic y nos esperaban los abuelos maternos de la niña, la tia Martha, su esposo y algunos primos. America se emocionó mucho al verlos y en cuanto vió a la abuela Virginia se le echó en brazos. No hubo llanto en este encuentro. Salimos del aerpuerto, subimos a los autos y tomamos la carretera hacia Ruiz.


El trayecto duro más o menos dos horas. Ruíz está al norte deTepic, en donde viven poco más de 12 mil personas. Es sencillo, pintoresco y casi lo único que iluminaba las empolvadas y empedradas calles era la luna llena que hubo esa noche.



El pueblito tiene su Mercado de abastos, comercios ambulantes y hasta puestos callejeros en los que puede encontrarse de todo, a precios muy bajos.

En este sitio nació América Hernández, hace cuatro años ocho meses. Ella es la cuarta entre los cinco hijos de Guadalupe Espinoza y Antonio Hernández.

Hugo mi compañero llegó a casa de America como media hora antes que nosotras. Instaló su cámara apuntando de la puerta hacia la calle y esperó hasta que, corriendo y gritando, los chiquillos del barrio anunicaron que America llegaba.

America, Lupita, la señora Victoria y yo vimos a los niños junto a la vía del tren. Casi al instante comenzaron a correr hacia la casa. Aunque muchos iban descalzos, no se abstuvieron de correr sobre el camino empolvado y cubierto por piedras.

El pequeño taxi que nos llevó a Ruíz levanto mucho polvo en su lento avanzar hacia la casa. Pero finalmente y entre gritos, se detuvo y se abrió la primera puerta.

Era la del lado en que viajaba Lupita. Se le veía desesperada buscando a su hijito Antonio. Lo dejó en Ruíz cuando tenía cuatro meses y durante 18 meses fueron su madre y abuela quienes llenaron el hueco de mamá que ella dejó por necesidad.

Del otro lado del carrito salió America. De inmediato la cargo su prima hermana Petra, una niña de once años que quedó huerfana junto con su hermano Julio cuando Rosa su mamá (hermanda de Lupita), murió el 20 de Noviembre de 2002. El padre de esta alegre muchachita, tristemente se fue con otra mujer y desconoció a sus hjos. A Petra y Julio nunca les ha faltado techo, comida o amor, gracias a dos de las mujeres fuertes de su familia: la abuela Virginia y la bisabuela Maximina, a quien cariñosamente llaman “Chimina”.

Cuando Lupita salió del taxi, busco con la mirada y encontró a Toñito. Lo dejó cuando tenia cuatro y hoy tiene 22 meses de edad. Luego, divisó a Raul, su hijo adolescente y a Edgar y Christian sus niños de 11 y ocho años. El cuadro fue conmovedor. Lupita los abrazaba enmedio de risas y lágrimas y buscaba reconocer cada cambio que sufrieron sus hijos durante su ausencia.

Hasta a Raúl, un chico callado y tímido lo vencieron las lágrimas. Le escurrían por sus mejillas, a pesar de hacerse el fuerte. Con Edgar y Christian fue distinto. Se dejaron llevar y, con los ojos ahogados en llanto, decían frases como “mamita, te extreñé”. Christian, niño al fin, no perdió el tiempo y ahí mismo le preguntó a mama si había llegado a tiempo para hacerle su fiesta de cumpleaños, al día siguiente.

Más de una vez, Lupita me había contado sobre sus hijos. Siempre me diecía que eran Buenos , traviesos y juguetones y que, a pesar de las carencias en su familia, sus hijos eran felices.

America fue la primera de las dos que entró a la humilde casa. En la pequeña sala estan colgados algunos cuadros con fotos y otros con los titulos de secretariado y comercio que estudió Lupita. Nada de lo que hay en ese cuarto es lujoso pero por lo menos cumple con su función de sostener unos libros, fotos y alguno que otro juguete.

A la mañana siguiente

La mañana del Sabado desperté en el "Hotel La Rosa". Me tocó un cuarto en el segundo piso, con aire acondicionado y el baño recién reparado pero sin agua caliente. En ese momento no me importó bañarme con agua fría (cosa que no me gusta) porque hacía tanto calor que la verdad, ni me dí cuenta.

Lo que en realidad me "despertó" esa mañana fueron las campanas de la iglesia de la "Inmaculada Concepción". Lo pongo entre comillas porque fue muy poco lo que pude dormir. En el hotel la cama era muy incomoda y el ruido no me dejá conciliar el sueño.

Es que durante la noche, se juntaron algunos huespedes en sus camionetas en el estacionamiento (que esta en el patio central) y el ruido que hacían parecía no tener fin. Hugo pasó más o menos por lo mismo, pero a él, el agua fría no le hizo gran mella.

Caminando por las callecitas del centro llegué hasta la Iglesia. Entré y escuché la misa de las siete de la mañana.

La construcción es muy linda y la decoración interior en blanco y azul, luce muy hernosa entre las bancas de madera. En las paredes estan incrustados los pedestales de varios abanicos que echan aire para refrescar a los fieles. Tal parece que los agarraron y enterraron entre el cemento dejando afuera los cables “medio pelados” que se entrelazan y llegan juntos a las salidas de electricidad.


Rumbo a la iglesia ví el despertar del pueblo: comerciantes instalando sus negocios, el mercado abriendo, gente en bicicleta y hasta letreros que “vendian” el derecho de uso del baño por tres pesos (unos 30 centavos de dolar).

Después de la misa, me fuí a casa de América. La luz del día me dejó ver mejor la vivenda de la familia Hernández Espinoza. Sin entrar mucho en detalles, puedo contarles que hay tres camas en total: una para papá y mamá, otra para América y la última para que se acomoden los tres varoncitos mayores de la familia. Por lo menos no ví una cama para Toñito porque la cuna en la que en alguna ocasion durmió América, hoy no tiene colchón.

La cocina también es muy austera. Tiene una mesa con seis sillas, un refrigerador pequeño y una estufa que no servian y una cómoda con cajones desvencijados. Reparar el refrigerador costó 650 pesos (unos 65 dolares) y la estufa quedó lista para funcionar cuando le conectaron un tanque de gas..

En la cocina esta la salida al patio. En el fondo el baño y la regadera. Una sábana hace las veces de puerta. En el sanitario no hay agua corriente por lo que cada persona que lo usa debe llegar con una cubeta con agua para vaciarla en la tasa y asi hacer que “fluyan los deshechos” y se limpie el sanitario.


En el mismo pedacito esta “la regadera” sin regadera. Por lo menos en casa de America el baño tambien es con cubeta y, como no hay tuberia en la casa, el agua para bañarse deber calentarse con la luz del sol y la toman de la misma pileta donde acumulan agua para lavar los platos.


Para llegar al segundo piso hay que subir por una escalera en la que, al llegar a la mitad, uno tiene que agacharse muy bien para evitar golpearse la cabeza. Justo donde termina, luce en la pared un cuadro de la Virgen de Guadalupe, a un lado una cama y una casita de plástico que hace un año le llevaron a America a regalar.

En la segunda planta de la casa no hay piso. Es puro cemento y. como nadie vivió ahí durante tantos meses, habia una capa de tierra tan gruesa que al barrerla estornudé como si me hubiera agripado. Igual de entierrado estaba el balcón. Ahi había un enorme tambo oxidado y roto y una silla cuyo cojín del asiento estaba en el suelo y carcomido por el sol.

Pero donde esta el esposo de Lupita?, se preguntarán. Antonio, esta en Kentucky, Estados Unidos. El es jornalero en plantios de tabaco. Desde hace años obtiene una VISA temporal vigente de Marzo a Noviembre. Lo que gana le ha servido a la familia para construir su casa. El resto del año Toño trabaja en Ruíz, en obras de construcción. No gana mucho asi que el sueldo de Lupita como Secretaria de una escuela, les cae bastante bien.

Ese Sábado me dí a la tarea de ayudar a Lupita a desempolvar su casa un poco. También se animaron cinco chiquillas de la cuadra y, con tres escobas y dos trapos, hicimos lo posible por limpiar el entierrado piso. Fue dificil. No sé cuantas veces había que barrer el mismo pedacito para ver el piso de cemento. Hicimos bastante pero la verdad, contra ese polvo quien puede?. Sobre todo cuando no hay muchos cristales que cubran las ventanas y el polvo no deja de entrar gracias al viento que sopla con frecuencia en el pueblito.

Enmedio de la labor de limpieza me dí cuenta de que Lupita no tenía ni platos ni cubiertos y, qué decir de otro tipo de vasijas de cocina. Asi que, acompañada por Eva, la tía de América, llegué hasta el Mercado. Compramos utencilios indispensables para la cocina y aprovechamos para comprar alimentos básicos. La única carne que llevamos estaba en lata.

Cuando llegó Hugo a la casa después de grabar imagines del pueblito, lo hizo acompañado por seis pollos rostizados. El manjar se repartió entre doce chiquillos hambrientos y tres adultos. Pero claro, la ración de carne iba acompañada con tortillas “para completar”.

La horas pasaron enmedio de un calor terrible y húmedo. Cuando llegó el momento de alistarse para la fiesta de cumpleaños de Christian, el bañarse se convirtió en todo un evento. América y Petra se bañaron en el patio, despues de calendar el agua en el sol. Imaginen como quedó el agua después de que estas criaturas habían pasado el día jugando entre la tierra.

A las cuatro de la tarde empezaron a llegar los invitados a la fiesta de cumpleaños de Christian. El ambiente que poco a poco se formó me hizo recordar las piñatas que me hacía mi mamá cuando yo era niña.. Pero para Christian esta sería una fiesta especial porque era la primera en dos años. Estaba tan deseoso de tenerla que, en cuanto vió a su mama el día anterior, le preguntó si tendría su piñata. Entre emoción y desconcierto, Lupita no supo que decir. Asi que Hugo y yo le contestamos rápido: “claro que tendrás fiesta de cumpleaños. Invita a tus primos y amiguitos del barrio”.

Asi fué, llegaron como 40 niños y un 25 adultos. La piñata de Shrek estaba gorda, no solo porque así es el personaje, sino por todos los dulces que le metimos en la panza.


El primero en pegarle fue Christian, el cumpleañero. Siguieron América y Toñito, acompañado por primera vez por su mamá. Luego vinieron los demás, entre cánticos de “dale, dale, dale, no pierdas el tino…” y “ “…no comió frijoles, no comió frijoles…”. Shrek resistió como todo un veterano.


Le dieron con todo esos chiquillos y hasta la bisabuela Chimina trató de romperle la panza.


Pero ninguno tuvo el éxito de Eva, quien agarró al mono, le dió unos cuantos jalones e hizo que los dulces cayeran al suelo.


De la revolcada que se dieron los niños en su guerra por los dulces, vino la cena. Pizza para todos y un buen pedazo de pastel. Luego hubo baile entre los niños quienes, como a las siete de la noche, empezaron a retirarse a sus casas.

Un poco mas tarde Hugo y yo también nos fuimos. Pero esta vez no fué al “Hotel La Rosa”, sino al “Motel Gudiño”. Ahí tampoco había agua caliente y el ruido de los otros huespedes resultó peor que en el Hotel de la noche anterior.


Yo tuve la suerte de caerle bien al velador, quien me confesó que, en todo el hotel, solo había una regadera en la que salía agua caliente y se ofreció a prestármela.


En el “Motel Gudiño” los autos también los estacionan en el patio central asi que escuchamos clarito cuando los huespedes cargaban cosas y saltaban con frecuencia brincaban en la caja de las camionetas.

El segundo regreso

La noche del Sábado al Domingo fue tan incómoda como la anterior. Además de que estaba muy cansada (ya tenia dos noche durmiendo muy poco), el calor y la cantidad de tierra que tenia encima no me dejaron dormir. Si a eso le suma el ruido que venía del patio donde estaba el estacionamiento, pues imaginese.

Me levanté a las cuatro de la mañana. Aproveché el ofrecimiento del velador y le pedi la regadera donde salía agua caliente. Ilusa yo, creí que saldría el agua con tanta presión como en la regadera de mi casa. Ja!, era tan poquita y tan poca la presión, que practicamente tuve que bañarme pegada a la pared. Y que decirles del champú y el jabón: brillaron por su ausencia.

Salí para la iglesia. A las siete empezaba la misa en memoria de Rosa, la hija de doña Victoria que murió hace tres años. El 20 de Noviembre era el día de su cumpleaños. Al salir me dí un lujo del que no disfrutaba desde hace años: me comí unos tacos callejeros. Se me había olvidado lo ricos que son, sobre todo cuando uno no piensa en la limpieza.

Salimos hacia Tepic, para llegar al aereopuerto. Llegamos con tiempo: a las diez de la mañana, una hora y media antes del vuelo.

Ya habíamos pasado por el area de seguridad cuando, a las 11:30 am, un empleado de Aerocalifornia anunció un retraso de media hora. Una “leve falla mecánica”, estaba siendo revisada por los mecánicos en tierra. Treinta minutos no es mucho asi que nos quedamos tranquilos.

Pero nuestro panorama cambió cuando terminó esa media hora. Una vez más, el representante de la linea aerea se acercó a nosotros pero, esta vez, para anunciar un retraso indefinido. Nos explicó con un lenguaje técnico el problema del avión y, francamente no entendimos. A ese punto lo único que teniamos claro es que mecánicos de Guadalajara estaban en camino. Era cerca de la una de la tarde y su arribo estaba programado mas o menos para las tres.

Pasads las tres me acerqué al trabajador y le pedi una explicación sencilla de la situación. No sé si hubiera preferido no escucharla: los mecanicos dijeron que era necesario “pasarle corriente” al aeroplano.

Si, leyó usted bien. Había que pasarle corriente así como se hace con los autos. Como para dar miedo la explicación, no cree?. “El problema esta en la marcha”, nos dijo, “hay que pasarle aire a las turbinas para que enciendan las helices y así prenderán los motores”.

Increíble pensamos Hugo y yo. Pero bueno, no teniamos escapatoria porque del aeropuerto de Tepic, solo salen dos vuelos al día: uno a Tijuana (11:30 am) y a la Ciudad de México a las seis de la tarde. Para la maniobra se necesitaba el avión que venía de Tijuana. Llegaría como a las 5:30 pm.

Para colmo de la mala suerte de todos los pasajeros, en el único restaurante del aeropuerto se había acabado la comida. Hugo y yo habíamos comido algo pero el hambre empezaba a hacer de las suyas.

La linea aerea nos mandó comprar comida. Primero dijeron que pollo, luego pizza y el asunto terminó en unas tortas de carne y papas que, muchos pasajeros terminamos tirando a la basura. Al hambre la controlamos con galletas y agua porque, era todo lo que podiamos comprar con los pocos pesos que nos quedaron. En la tiendita no aceptaban dolares y tampoco había una máquina dispensadora de efectivo (ATM) con la que pudieramos sacar dinero en pesos.

A pesar del hambre no la pasamos tan mal. Hugo y yo nos pusimos a converser con dos jovencitas de quienes nunca supimos sus nombres. Asi, platicando, pasaron las horas.

Para las cinco de la tarde no podíamos mas de sueño. Las noches del Jueves, Viernes y Sabado no habiamos dormido bien y en ese punto era más el sueño que el hambre.

Nuestra salvación llegó a las 5:25 de la tarde. Y creame, todos los pasajeros estabamos a la espectativa de lo que seguía. Desde la sala de espera, a donde nos acababan de pedir que regresaramos, pudimos ver como sacaban un cable, lo arrastraban y conectaban a nuestro averiado avión.

Nunca pensé que vería algo semejante: un avión al que le pasaban corriente. Confieso que la maniobra me causó curiosidad y hasta valieron la pena algunas fotos.

Despegamos a las 6:30 pm. Francamente no sentí las dos horas y media de vuelo. Me quedé dormida al instante y desperté cuando anunciaron que comenzaba la maniobra de aterrizaje en Tijuana.

La siguiente aventura comenzó cuando recogimos las maletas. Llegaron todas eso si, lo que Hugo no encontró por ninguna parte fueron las llaves de la camioneta. Pobre, estaba tan preocupado que sacó las cosas de cada maleta varias veces. Hizo memoria despacito de cada cosa que hizo desde la última vez que tuvo el llavero en sus manos y, la conclusión fue que las dejó afuera por accidente cuando reacomodaba la maleta donde viaja “la niña” (la cámara).

Para entonces ya eran cerca de las 9:30 de la noche y tratamos de contactar a un cerrajero para que nos hiciera una llave para el auto pero, por ningún lugar en el aeropuerto de Tijuana, encontramos un directorio telefónico. No nos quedó mas que rentar un auto, manejar a Los Angeles y buscar la llave de repuesto.

Cuando esperabamos que nos trajeran en vehículo, y cuando por fin nuestros celulares tenían señal, logramos hablar al Motel Gudiño en Ruiz. Efectivamente ahí se habían quedado las llaves y nos prometieron entregarlas al día siguiente a la persona que enviaramos por ellas.

Llegó el auto y empezó la última parte del regreso. Cruzamos la frontera por La Mesa de Otay. El Puente principal tenia una linea tan larga de autos que, francamente, ni lo intentamos. Por Otay nos tardamos solo 15 minutos en pasar hacia los Estados Unidos.

Durante el camino intentamos conseguir el duplicado de las llaves de nuestro auto pero concluimos que lo mejor era esperar al día siguiente.

Así lo hicimos. Asi que cuando llegamos aTelemundo, cerca de la media noche, terminó nuestra aventura del fin de semana. Dias donde las emociones me hicieron estar a punto de llorar varias veces; dias en los que confirmé como a la felicidad no la empañan las carencias; dias en los que ví la culminación del gran sacrificio de una mama por darle a su hija un futuro mejor.

Los Hernández Espinoza estan casi todos reunidos. Solo falta Antonio, el papá; un hombre al que tengo el placer de conocer y de quien admiro su sencilléz y humildad para luchar sin descanso y para hacer cuanto sacrificio sea necesario por cualquiera de sus hijos.

Con este pensamiento me fuí a dormir.


La pequeña América Hernández, la niña que sufre de una deformación del rostro, y su mama, Lupita, vuelven a su pueblo natal después de más de un año y medio de ausencia.
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